Ayer mi compañero de habitación, Vladislav, me dijo algo que me estremeció como un gran trueno en un arrecife: ser global es comprender o darte cuenta de que no puedes esperar que el otro te acepte culturalmente; tú simplemente sé, el otro jamás lo va a entender.
Incluso, si te ama, no lo aceptará, o como mínimo ni lo entenderá.
No sé si llamarle diferencia cultural, o especificidad cultural. Pero ser latino es de una profunda sentimentalidad, emocionalidad, de un profundo sentir, de un devenir entre el corazón y la razón en el que el primero es un océano molesto e iracundo y el segundo un arrecife rocoso impoluto.
No quise ni sabía qué es ser global. De vaina sé que es latino, o al menos latinoamericanista. Porque de venezolano me queda un silencio inmenso por el respeto a millones de hermanas y hermanos. Ser global, es como la ciudadanía trans-nacional de la que tanto me hablaba mi hermano ecuatoriano transnacional Juan Martín: eres de aquí, eres de allá y no eres de ningún lugar, sino del planeta mismo en su inmensidad. En términos de Maca García, eres una extensión del destierro, el inxilio y el dolor silencioso, la alegría de compartir lo tuyo.
Ni idea si ser global viene de globalización, solo sé que ser global lo miro desde los ojos del que huye, del que escapa, del que migra, del que se moviliza de la zona de no paz. La globalización es un relato irrelevante y degastado, pero la subjetividad global tiene algo de sentido misterioso que acontece en las carnes de la corporalidad. Algo en el que se nos he sometido si aceptas el reto de estar fuera de la zona conocida.
La globalidad es estar desnudo ante el otro y su inmensidad cultural: ¿entonces renuncio a lo que soy para ser el otro en su inmensidad y qué hago con todo lo grabado por mi tierra materna tanto en mi piel como en mi psique? ¿Entonces rechazo la nutrición de la culturalidad del otro y me mantengo firme encerrado en mi otredad impermeable? ¿O elijo la batalla deliciosa de sandías, durianes y omelettes que habita en mí? ¡Qué difícil tarea y empresa la que se me ha encomendado al amarte!
Amarte ha sido un acto honorable pero también una batalla fútil con mis temores, a mayor certeza, mayor ganancia. ¿Qué más se puede perder si siempre ha sido ganancia el hecho de abandonar el temor o de simplemente reconocer que el temor es una instancia mortal que nos acompaña como mortales?
Vuelvo a este texto tres meses después y me hallo en mí con más experiencia, con más sorpresa y con más dulzura de tus abrazos y cuidados. Vaivenes y una relación especial, llena de bromas, de ausencias, llena de esfuerzos, y muchas risas, acuerdos, puntos y bordes. He hecho mía tu cultura, mi selva y mi playa las haz hecho tuyas.
Ese desquicio de finales de noviembre sobre la pregunta de lo otro en su otredad cultural y el acto de ser en tanto ser como se es, me ha hecho llegar hasta acá. Hasta la primavera de principios de febrero cuando se abren los ciruelos fascinantes que me hacen llorar. El alma me vuelve ante el sollozo alegre por la belleza del renacer de los árboles del jardín de Guilin. Mi madre vuelve a mí, nah, soy yo mismo quien vuelve a los brazos de mamá.
Detengo este texto. Abramos otro.